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martes, 16 de septiembre de 2008

cuba! (casi final)



29-6-08, domingo

Amanecemos temprano. Ducha y desayuno. Después subimos a hacer nuestras maletas. Ordenamos como podemos todos los libros que hemos comprado (más de 20), los tambores, las maracas, las láminas y los grabados, el kilo de collares, la ropa sucia, las botellas de ron, las cajas de puros, el Che de cristal y madera de Cienfuegos, la ropa limpia... Nuestras maletas son ridículamente grandes para este viaje y las hemos estado maldiciendo todos los días, pero ahora agradecemos su desmesura. La operación nos lleva un buen rato. Después bajamos a dejarlas en recepción y salimos a despedirnos de La Habana. Un poco tristes a pesar de que tenemos ganas de marchar, de volver a casa, de veros a todos y de hablar con vosotros. Callejeamos para ver las plazas de la Habana Vieja. La de la Catedral y la de San Francisco. Aquí nos paramos a echar una cervecita fría en la terraza del Café del Oriente. Así, en esta mañana grisácea de domingo, me da la sensación de que estamos en San Sebastián, no sé por qué (desde luego no por la temperatura), como cuando íbamos al Festival de Cine Fantástico y de Terror. Echo de menos El País con su suplemento. Y una tostada con mermelada de albaricoque. Hay espectáculo callejero de música y tíos disfrazados de colores y subidos en zancos. En la mesita de al lado, una niña celebra sus quince posando con un vestido azul celeste. Tomamos la calle Obispo. Hay un par de tiendas de artesanía y compramos a Hugo unas maracas de papel maché de muchos colores (hacen ruido, no se rompen son bonitas). Para nosotros compramos una matrícula azul celeste también de papel maché. para ponerla en el salón. Cambiamos monedas para el padre de Enrique. Nos faltan dos. Y nos falta un libro para José Luis. En la misma calle hay una librería y lo intentamos por última vez. Jugada perfecta: tienen el libro que hemos estado buscando como locos y nos dan monedas de uno y cinco pesos cubanos no convertibles. Más contentos que ni sé nos vamos a la Plaza Vieja. Enfrente de la cervecería a la que hemos ido varios días, hay una cafetería con muy buena pinta. Nos sentamos en la terraza y pedimos un par de jugos de mango naturales que están acojonantemente buenos. Hace un bochorno terrible, pero estamos a gusto a la sombra, hablando de la obra que tenemos al lado (van a hacer un planetario). Nos acabamos los zumos y echamos a andar un poco sin rumbo, cotilleando el ambiente dominguero cubano. Hacemos tiempo para ver la final de la Eurocopa. Llegamos hasta la esquina del Hotel Ambos Mundos (por supuesto, Hemingway estuvo allí, como en casi todos los sitios). Nos fijamos en la terraza que hay en la azotea. Me dan ganas de subir. Convenzo a Enrique, que está un poco reticente porque el primer día entramos allí a llamar por teléfono y nos clavaron. Entramos y, cuando vamos a subir en el ascensor, nos encontramos con el gallego que teníamos anoche cenando detrás nuestro en el Hurón Azul. Nos saludamos y hablamos un poquillo. Subimos juntos a la azotea. Vemos casi todos los tejados de la Habana Vieja, los solares, los aparcamientos, el malecón, los patios y, por supuesto el mar. Enrique y él se piden un mojito y yo una cerveza. Es majo, profesor de la Universidad en Vigo y lleva aquí una temporada dando clases en una escuela de cine muy importante que queda a unos 30 kilómetros de La Habana (la Escuela Internacional de Cine de La Habana). Anoche García Márquez fue a visitarles porque es el presidente de la Fundación de Nuevo Cine Latinoamericano. Flipamos con cosas que nos cuenta de la escuela y de su curro. La escuela está en una finca en medio del campo que está llena de mosquitos monstruosos. Nuestro compañero el Fandi tiene una oreja hinchada de una picadura tremenda y está tomando medicamentos para curarse, con lo que su mojito se lo tiene que acabar Enrique. Estamos allí un rato antes de ir a buscar un sitio para comer. Dudamos entre quedarnos allí, que tienen una tele pequeñica, o irnos. Nos vamos. Andamos con todo el sol buscando un restaurante para comer y ver el partido a la vez. Muchos cubanos nos paran y nos desean suerte: Cuba entera está con España, hermanos. En realidad ya tenemos uno localizado, (Enrique y yo hicimos ayer labor de zapa), pero por el camino vamos mirando si alguno nos gusta más. Acabamos en el que ya teníamos fichado. En un salón fresquito y sombreado que se llama Salón Bilbao y que está decorado con todo bufandas y banderas de equipos españoles (la más grande es la del Real Madrid, así que echo una foto con el móvil y se la mando a mi hermano Pedro, que a esas horas estaba ya ciego como una puerta). Tiene dos pegas: una leve (no hay españoles con los que alegrarse en grupo) y una grave (no se puede fumar). Pedimos para compartir los tres y la comida no está muy allá. Pero casi que es lo de menos. Yo estoy nerviosa, y cada poco tengo que salir a fumar al patio. Afuera hay una mesa enorme de argentinos que me dan conversación cada vez que salgo a echarme un piti. Sólo vemos la primera parte allí y yo me pierdo la mitad fumateando. Volvemos a la azotea en la que habíamos estado antes de comer. Hay como 20 españoles que no se conocían de nada comiendo juntos mientras ven el fútbol. También hay alemanes. Nos sentamos y pedimos cervezas. El partido mola realmente. Me pongo un poco ciega. Ganamos y se acaba ahí la cosa. Hablo con Pedro y me cuenta el ambiente que hay en Logroño. Me gustaría estar allí. Cuando salimos del hotel los tres, vemos al señor de la portada de la guía de Lonely Planet de Cuba que me regalaron José Luis y Patricia por mi cumple. Me quiero hacer una foto con él (sólo él y Arguiñano han suscitado en mí esa necesidad imperante en toda mi vida). Me siento a su lado y un señor que pasa por ahí se pone con nosotros. Le damos un peso al señor de la portada, al que no le damos más de tres días de vida, y el hombre que se nos ha acoplado en la foto pone cara de tristón y nos dice que le demos algo a él también, que es su representante. Nos acercamos hasta la embajada de España (el edificio más iluminado de noche de prácticamente toda la ciudad) por si hay algún español borracho e idiota como nosotros mismos (Xaime perdona, esto lo digo sobre todo por Enrique y por mí) festejando la victoria. No hay nadie. Andamos sin rumbo otra vez como aquel domingo berlinés con Isa y Domingo. El cielo está casi negro, con unos nubarrones densos y pesados. Vamos hablando y estamos a gusto. Fandi nos hace una foto delante del Museo de la Revolución con la tormenta casi encima de nuestras cabezas. Con el bochorno y el pedal me nace un dolor de cabeza, el primero de todo el viaje. Aquí, al sudar tantísimo, el alcohol no se metaboliza del todo, supongo. Algo raro sucede en este sitio en el que puedes ingerir litros de cerveza, de mojito o de ron collins sin tener ni siquiera asomo de resaca ni del clavo en la sien típico de los domingos logroñeses. Por supuesto, apenas se mea. Por la mañana sí (y poco) pero por la tarde basta con sudar. Callejeamos y un perro nos ladra. Fandi y yo nos asustamos un poco y Enrique se ríe de nosotros. A las 19:00 viene un taxi a recogernos al hotel. Son más de las 17:00, así que vamos para allí a echar la última. Nos sentamos en el patio. Por supuesto hay música. Esta vez no nos molesta porque pensamos que es la última. Nos despedimos, recogemos nuestras maletas, le damos un bote de súper repelente de mosquitos a Fandi y nos vamos en taxi al aeropuerto. Vamos hacia el interior, viendo las calles por las que entramos. La Habana, incluso con todo medio destrozado o precisamente por eso, no sé, es una ciudad maravillosa. En que salimos de la parte que bordea el mar, empezamos a ver unos charcos tremendos. El taxista nos cuenta que casi todos los días llueve a 5 kilómetros del centro y que a primera hora de la tarde ha caído tremenda tormenta. Llegamos al aeropuerto y vamos a las oficinas de Iberia a que nos validen el billete como nos pidió el responsable de Angalia. Nos mandan a la mierda. Es la primera vez en quince días que vemos a cubanos perdiendo los nervios. Nos dicen que no hay asiento para nadie que tuviera que volar con el avión de Cubana estropeado. Le extiendo los papeles en los que aparecen nuestros nombres y nuestros números de asiento nuevos y ni los miran. Que nos vayamos. Ya. Flipamos. Bajamos al mostrador de Cubana. Hay mucha gente sin billete protestando e intentando que los recoloquen. Con la tormenta se ha estropeado el sistema informático del aeropuerto. Una de las chicas de información se está limando las uñas como en las pelis. Flipamos otra vez. Llamo al señor de Angalia. Nos dice que viene a rescatarnos. Enrique se pone en la cola para facturar. Me empieza a doler muchísimo la cabeza. Logro llegar al mostrador. Les enseño a las chicas mis billetes nuevos después de una hora esperando. Me dicen que vaya a facturar a Iberia, que sí que tenemos billetes. Vamos a Iberia. El mismo señor que nos mandó a la mierda antes me pide disculpas y me dice que me ponga a la cola para facturar, que salvo que haya un overbooking de esos podremos irnos esta noche. Nos ponemos en la cola pero no respiramos tranquilos. Dejo a Enrique solo con las maletas envueltas en plástico y me subo a tomarme un espidifén a la cafetería, el primero del viaje también. No me lo puedo creer pero es cierto: hay un grupo tocando la conga en el bar. Los quiero matar. Se me pasa. Vuelvo a la cola. Menos mal que se puede fumar en el aeropuerto, porque en esa hora y media de espera me fumo hasta las uñas. Llega el de Angalia. Está con nosotros y con otras dos parejas que viajan con ellos. Cuando por fin parece que nos toca, nos cuela delante a dos hermanos de Santander que no tenían asiento asignado y que no hacen más que repetirnos que Varadero es una mierda. Pasan. Nos toca a nosotros y una maleta se nos pasa de peso nueve kilos. Le quitamos el plástico y vamos sacando bolsas de ropa sucia, libros y demás. Reorganizamos todo como podemos en diez minutos. La gente que está detrás nuestro nos mira mal. El del mostrador nos dice que paremos de sacar cosas, que paguemos. Pagamos, sí, pero a él. Nos da nuestros billetes. Entramos. Respiramos, ahora sí. Vamos a pillar algo de comer con mogollón de bolsas de ropa sucia de equipaje de mano. Tenemos que cambiar algunos pesos pero no hay nadie en la ventanilla de cambio. Nos cabreamos porque no aparece ni perri en media hora y nos tenemos que montar en el avión. Nos fundimos los pesos en unas obras completas del Che. Llegamos por los pelos al avión. Nos sentamos. Intentamos descansar pero hay bronca antes de despegar porque uno se ha colado y no se quiere bajar. Se me ha pasado el dolor de cabeza pero estoy a punto de que me ataque otro. La azafata se enzarza con el pasajero. La escena es brutal. A la chica que llevo a mi izquierda le da pánico volar. Su novio le dice que se tome no sé qué tranquilizante y ella parece estar bastante pasada de vueltas. Se la toma y se tranquiliza. Por fin podemos despegar, con más de una hora de retraso. Enrique se duerme enseguida. Yo de primeras no, pero cuando nos dan de cenar caigo como un cesto. Nos despertamos justo una hora antes de llegar, cuando nos dan el desayuno.




30-6-08, lunes

El aterrizaje es bastante desagradable (botes, tumbos, estómago del revés...) y a la chica de mi derecha a punto está de darle un síncope. Bajamos, andamos por esa ratonera de colorines que es la T4, recogemos las maletas, pillamos un hotel, un taxi... La idea era volver a Logroño de seguido, pero como nos han desmontado las maletas enteras, pensamos que es mejor quedarnos y tratar de organizar todo un poco. Es buena idea. Vemos a Lucas y a Ana, comemos jamón, salmorejo, ensaladas, mucho pan de verdad, tortilla de patata... Vamos a Plaza Colón a ver cómo se celebra el tema este de la Eurocopa con Manolo Escobar, aviones de las fuerzas aéreas que echan humo de colores, neonazis, falangistas, mascachapas, vicentines, guiris, antidisturbios a manta y todo el copetín. Sé que Lucas y Enrique, que llevaba su camiseta de Los Suaves, me hubieran apaleado bien a gusto, pero insisto en que fue buena idea: cualquier acontecimiento medianamente histórico, aunque sea estúpido, hay que vivirlo si se tiene la oportunidad. Volvemos al hotel y pasamos nuestra primera noche de jet lag, viendo la teletienda a las cuatro de la mañana cogiditos de la mano y con los ojos como platos. Ya casi estamos en casa y a este relato larguísimo sólo le falta la coda, la posdata o qué se yo, algo así, unas reflexiones finales, flecos sueltos en los que me ha traicionado la memoria y cosillas que se me han ido ocurriendo mientras escribía todo esto. En breve estará. Gracias a los que habéis aguantado la parrafada... ¡a algunos hasta os ha gustado!. Estáis locos...




lunes, 8 de septiembre de 2008

cuba!




28-6-08, sábado

Después de desayunar quedamos con el responsable de Angalia. Nos da nuestros nuevos billetes y nos pide que le llamemos desde el aeopuerto para que sepa que todo está bien. Es nuestro último día completo aquí y no nos faltan ganas de volver. Nos acercamos al Museo de Bellas Artes que está justo al lado de nuestro hotel. Nos encanta. Disfrutamos muchísimo con la pintura y con las colecciones de grabados y de dibujos. Siempre estoy muy a gusto en los museos. Casi independientemente de su contenido. Y más si fuera, en la calle, hacer un calor de mis demonios o mucho frío o llueve. He tenido la suerte de visitar muchos ya pero no recuerdo todos con el mismo amor.
Por distintos motivos sí que recuerdo casi con un escalofrío la Galería de los Uffizi en Florencia; el Leopold Museum en Viena; el D´Orsay en París; la Neue National Gallery en Berlín; el Museo Arqueológico Nacional en Nápoles y el Thyssen en Madrid; el Museo de Artes Turcas e Islámicas de Estambul; el Museo Nacional de Arte de Cataluña; la Galeria Borghese en Roma... El Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana es ya otro de mis favoritos. Porque tiene espacios maravillosos, porque su tamaño es manejable y porque el contraste entre su interior diáfano, silencioso, fresco y ordenado, con el exterior achicarrante, caótico y ruidoso, hace de él en un pequeño paraíso. Soy muy feliz en los museos, quizá hubiera hecho bien en hacerme un máster en Museología, como Pablo Casares, y así trabajaría pensando en esos espacios, en ordenar todos esos falsos cadáveres, en construir esos luminosos templos paganos. Allí estaban todos: Wilfredo Lam, Portocarrero, el maravilloso Fidelio Ponce (Niños, una de sus pinturas más conocidas, acompaña estas líneas), Carlos Enríquez, Eduardo Abela, la inquietante Antonia Eiriz... Nos tomamos una cervecita bien fría en su patio antes de salir. A los dos nos encanta. Volvemos al hotel y subimos al restaurante del piso 9 a mirar y a echar unas fotos de la ciudad desde arriba. Locura total. Nos vamos porque la señora de la limpieza nos advierte con la mirada de que no es hora de que estemos allí. Caminamos hacia el centro con la intención de ver el Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam. Está cerrado por reforma, pero tiene abierta la tienda. Enrique se compra un recopilatorio de Benny Moré que se quedó con las ganas de pillar en Cienfuegos. Después entramos en el Taller Experimental de Gráfica que hay justo al lado. Hay una exposición de grabados, chicos trabajando (algunos muy guapos) y se venden originales. Pillamos un par de ellos muy bonitos. Y un taxi para que nos lleve al Castillo del Morro. Es la primera vez que cogemos un taxi con taxímetro en todo el viaje y nos damos cuenta de que hemos sido unos pringados. El taxista nos da conversación. Subimos a lo alto de la muralla pero no entramos dentro. En los alrededores hay un mercadillo y aprovecho para comprar un millón de collares de semillas. Son muy bonitos y es prácticamente lo único que se puede comprar aquí para regalar a las chicas. La vista de La Habana es alucinante. El día está brumoso y a ratos parece un espejismo. El taxi nos deja en el centro y nos acercamos a otro mercadillo a comprar los regalitos de rigor (imanes de nevera, instrumentos para los sobris...). Queremos comprar otra caja de puros (unos cohibas robustos que nos ha encargado Francis). Es fácil porque todo el mundo nos ofrece. Enrique entra en una librería de la Plaza de Armas. Yo me quedo fuera apurando un cigarro y un litro de agua casi de un trago y un tipo se acerca a ofrecerme puros. Le pregunto que de cuáles tiene. Es la primera oportunidad que tengo de negociar algo en el viaje. Como aquí la mayoría de las veces, allí siempre se dirigen al hombre cuando hablan. Me dice que de todo un poco. Le pregunto por los cohibas robustos y por el precio. Me cuadra. Entro a buscar a Enrique y nos vamos detrás del negro a una casa que está en una callejilla de la Habana Vieja. Es un palacete precioso hecho un desastre. Se supone que tiene dos alturas como el edificio de enfrente de la piscina del hotel. Pero cuando entramos al piso al que vamos nos damos cuenta de que no. Apenas tiene dos metros de alto, el suelo y el techo están totalmente desnivelados y se ve una escalerilla de caracol al fondo. En que entramos a la casa, empieza a salir gente de todas las habitaciones (una señora de mediana edad, dos niños, un chaval joven y dos perrillos pequeños). El jefe es un mulato flaco que está sentado en un sofá al lado de un saco de rafia gigante. Tiene las piernas más largas que he visto en mucho tiempo. Tiene mucha encía o poco labio, no sé, y enseña los dientes aunque no sonría, lo que da un poco a engaño (como aquel perrillo malencarado de Trinidad). Empieza a sacar del saco todo tipo de cajas de puros. Le pedimos los cohibas robustos. Le decimos que sólo queremos esos y porque nos los han encargado. Nos dice un precio más alto que el que nos había dicho el negro que hace de gancho. Le decimos que o a ese precio o nada. Medio discute con el negro y nos lo deja al precio pactado. Después de ese momento medio tenso, hablamos todos un rato. Los niños y los perrillos nos miran. El chaval joven que ha salido de una habitación nos ofrece maría y polvo blanco. Le decimos que no estamos para líos. Que el caloraco este ya coloca un rato largo. Lo que nos faltaba para anularnos como personas es emporrarnos con un 90% de humedad ambiental y 33 grados. Me acuerdo de ese estudio que leí en la Introducción a la Antropología General de Marvin Harris y que afirmaba que los jamaicanos trabajaban mejor fumados que sin fumar. Los estadounidenses no. En ese sentido tenemos más que ver con ellos que con los jamaicanos. No depedimos y nos vamos. Sólo nos quedan pillar las monedas para el padre de Enrique y algo bonito y que haga ruido y que no se rompa para Hugo. Por fin podemos comer en ese chino al que le habíamos echado el ojo. Son más lentos que ni sé, pero la comida mola. Allí lo italiano sabe a cubano; lo español y lo árabe también, pero el chino sabe a chino. Está bien cambiar de sabores. Vamos a descansar un poquito al hotel. Poco, una hora y media o así, y echamos a andar de nuevo. Andamos el malecón entero. Es sábado tarde, y está más animado que de costumbre (si cabe). Queremos callejear un poco por el Vedado. Andamos buscando un restaurante que nos han recomendado Eduardo y Lara. Se llama el Hurón Azul. También andamos buscando el centro socio-cultural de la UNEAC, que curiosamente también se llama el Hurón Aul, así que nos vemos en una inédita y seguramente irrepetible: localizar dos hurones azules en la Habana. Preguntamos primero por el restaurante y toda la gente con la que hablamos nos lo desaconseja (que si es caro, que si no merece la pena, que si yo concozco un paladar mucho mejor...). No hacemos caso. Lo localizamos (el día que buscábamos el Hotel Nacional pasamos justo al lado sin verlo) y pedimos mesa. Segimos andando. Vemos Coppelia y la cola tan enorme que hay nos produce sonrojo (más que la cola en sí, todos hemos hecho colas infames en la administración pública, que la cola sea sólo para los cubanos). No comemos ningún helado. Nosotros somos más de cerveza fría. Un joven nos engancha y se ofrece a compañarnos al Hurón Azul de la UNEAC. El chaval es majo. Nos va enseñando las embajadas, explicándolos los carteles propagandísticos del régimen (algunos sólo dan cifras hirientes, así que poca explicación tienen, pero otros, los más retóricos, sí que ganan a veces con cierta traducción). Parece otra ciudad. Hay mansiones preciosas, por supuesto con un mantenimiento muy deficiente (exceptuando las que acogen embajadas y centros de estudios extranjeros), con su jardincito y su coche de los 50 aparcado, arboledas, espacios verdes... Tiene mucho encanto. Llegamos a destino. Gente mayor y arreglada espera a que lo abran para coger buen sitio. Hoy hay concierto de una banda de boleros muy popular allí. Enrique va con pantalones cortos y le dicen que así no va a poder entrar. Muy amablemente, eso sí. Nos vamos. Decidimos que no vamos a ir al hotel a que se cambie, que ya entraremos otra vez que vengamos. Desandamos el camino entre mansiones desconchadas de colores pastel. Pasamos por las discotecas donde se diverten los mascachapas cubanos de hasta 17 o así. Se pillan sus ciegos como cuando yo era más joven e iba al Yo qué sé o al Área 7 (discotecas chuscas de Logroño, por si tengo algún lector de fuera) y se enciscan, hay peleas, y se morrean y se meten mano y vomitan por la calle. El ambiente me resulta familiar. Pillamos un par de latas de cerveza y nos paramos un poco a cotillear. Nos despedimos del joven que nos ha acompañado y le damos un peso. Le ofrecemos también cerveza pero no quiere. Casi es hora de cenar. De camino al restaurante nos paran para pedirnos fuego. Acabamos dando fuego y varios cigarrillos camel. Así es casi siempre aquí. A cambio, nos han dado un rato de conversación. No está mal. Ellos pensaran que son ellos quienes salen ganando, pero yo no lo tengo tan claro. A Enrique y a mí comentar algunos de los chascarrilos que nos cuentan nos hace pasar un buen rato. Por fin logramos llegar al paladar. No hay ventanas y el aire acondicionado está a tope, pero el sitio está decorado con bastante buen gusto. Tiene un botellero con riojas y cosas así. La dueña es muy rara. Mucho. Nos da una tarjetita con los datos del sitio, le damos la vuelta y vemos que pone "si alguien les dice que el Hurón Azul está cerrado no le crean, siempre estamos abiertos". En la mesa hay un bol con un montón de frutas tropicales. Le meto al mango y a la piña, que están buenísimos. Nos da la carta. Flipamos. Venimos de una austeridad gastronómica bastante importante y todo nos parece una maravilla. Hay pan de verdad y no bollo de ese medio dulce que llevamos quince días comiendo. Pedimos aguacate relleno de cangrejo, ropa vieja y otro plato que no recuerdo cómo se llamaba de lomo ahumado con frutas tropicales. Comemos hasta petar. Las raciones son enormes. Va entrando gente. El sitio se llena y se ve que es así todos los días. La dueña es extrañísima. En la mesa de detrás se sienta un señor con acento gallego. Le doy la espalda pero Enrique lo ve. Pide sólo un plato. La señora le insiste en que pida más, pero se ve que él ya ha estado aquí y ya sabe cómo se las gastan. Al final logra pedir sólo un plato de pescado y la dueña se aleja con el morro torcido. Comemos y bebemos. Estamos guay, pero acabamos y nos vamos pitando. El sitio es una bajera sin ventanas pero todo el rato hay gente llamando a la puerta. La señora sale, a veces se le oye gritar y entra enfandada; otras entra sonriente (con una sonrisa más falsa que un eusko de popeye) y acompañando a clientes a sus mesitas. Al pagar me regalan una rosa roja. Salimos andando y la abandono en el capó de un coche que está en una gasolinera. Pienso que a alguien le hará más labor que a mí. Enfilamos el malecón. El ambiente es el de una especie de macrobotellón español pero más silencioso y escuchando y oliendo el mar. Poca luz y mucho besuqueo. Pedro Juan Gutiérrez habla muchas veces en sus libros de gente follando ahí en medio y de gente pajeándose mirando a los que follan encima de las piedras. Supongo que será a otras horas. Nos vamos asomando por las calles de Habana Centro. Están oscurísimas. Nos volvemos locos con la idea de una Habana en la que de repente aterriza la heroína. Sería una pesadilla. Al ánimo evasionista cubano le cuadraría la sensación, supongo, y el impacto en un sitio como este que visualmente, sobre todo de noche, acojona, a pesar de que hay un poli en cada esquina de lo sitios por los que pasamos los turistas, sería terrible. Nos imaginamos todos los recodos, las ruinas, la oscuridad, las callejuelas, los agujeros de las paredes llenos de yonquis y se nos ponen los pelos de punta. Hasta donde sabemos, hay muchas drogas que no han llegado a Cuba. No saben la suerte que tienen. Un señor que parece un poco desesperado nos para pidiéndonos un medicamento muy concreto, no recuerdo cuál. Le decimos que no tenemos de eso y le hablamos del tío de Ivana, de la misión en la que curra, de que igual puede ir allí. Nos dice que de eso los franciscanos no tienen tampoco y nos pide que, cuando lleguemos a nuestra ciudad, vayamos a alguna ong para hacérselo llegar. Suena descabellado pero no es imposible, pero él mismo se desanima, se va negando con la cabeza, nos deja con la palabra en la boca. Nos deja un poco tristes. El ambiente está bien. Lo suyo sería ir a un badulaque, comprar unas cervezas bien frías y sentarnos a no hacer nada, a mirar y a escuchar romper las olas Pero no tenemos ánimo. Ha sido un día muy largo y mañana toca preparar las maletas y marchar.






sábado, 16 de agosto de 2008

cuba!


27-6-08, viernes

Queremos ir al Capitolio. Desayunamos sin mucha emoción: huevos duros, yogur, zumo de mango, pan, café, mantequilla y una especie de sanjacobos de salami. De todos los azucareros salen hormigas. Vamos subiendo el Prado y el Parque Central. Leo la carta del menú especial mediterráneo del NH y se me hace la boca agua (gazpacho, calamares, atún). El Capitolio es muy bonito. Es sede de un ministerio y palacio de congresos. Vamos paseando por los salones (se está fresquito). Entro al servicio y la mujer que los cuida me lava ella misma las manos y me las seca. Un fantasma vive en uno de los salones y se deja ver todas las noches. No lo vemos porque es de día, nos dicen. Dentro hay también una especie de mercadillo de artesanía. Nos ponemos a pensar en los regalos que tenemos que llevar. Salimos y nos acercamos a la fábrica de tabacos Partagás que está justo al lado. Pasamos de entrar. Nos metemos por la calle Neptuno en Centro Habana. Nos dan el peor palo del viaje, 14 cucs (se supone que iban a ser 6) en leche en polvo para una niña. Mientras Enrique, la madre y la niña están en la tienda (y la madre le dice a Enrique que hable alto para que la dueña vea que no es cubano), yo me quedo afuera con el padre. En una calle perpendicular, no recuerdo si Industria o Consulado, hay una aglomeración de gente, se oyen gritos. Yo no alcanzo a ver nada pero nos explican que un policía le ha abierto la cabeza a un cubano. Enrique sale de la tienda con la madre y la niña, que tiene una quemadura bastante grande en la frente. Trae mala cara. Los padres le dicen a la niña que nos de un beso a cada uno. Nos vuelven a contar que asimila mal el hierro por la quemadura y que tenemos cara de buenos. Que los españoles somos los mejores turistas y personas que llegamos a la isla. Nos vamos cabreados de allí. Andamos un poco por Centro Habana. Es una locura. La gran mayoría de los edificios son maravillosos. Hechos mierda pero maravillosos. Pensamos que si restauraran la parte histórica de La Habana entera, incluyendo las mansiones antiguas con jardín del Vedado, sería una ciudad alucinante, comparable a Venecia, Viena o Estambul. Pocas ciudades de las que hemos visitado conservan tantos edificios fantásticos, desiguales e imaginativos. Me recuerda a Nápoles un poco, pero más por la decandencia que comparten en algunas zonas que porque sean realemente parecidas. Aunque es a Palermo a la que apodan "pequeña Habana". Pensamos también que si restauraran todo tendrían que tener mucho cuidado. La Habana Vieja, en su parte restaurada, está llena de amarillos pollo, azules intensos, verdes hoja y rosas un poco feos. La Habana restaurada, por su carácter, tendría que ser color pastel, rosas palo, azules deslavados, grises pálidos, piedra clara y color crema... Colores dulces, muy suaves. Habría que desterrar los colores puros, los cálidos y los excesivamente luminosos y así se lograría que esta ciudad abrasadora pudiera ser a la vez eso y tristona como es ahora. Tristona a no poder más. Tristonas las calles y los edificios y la música y las tiendas para comprar apenas sin suministro y las bolsitas medio vacías que llevan lo cubanos. Tristones los periódicos y los canales de televisión. Tristones hasta los contenedores, siempre medio vacíos también, y los bares y los paneles explicativos de los museos. O tristona nuestra forma de mirar, vete a saber. De vez en cuando nos sorprendemos tarareando el yo soy así, yo soy habanero de Athanai. Volvemos a Habana Vieja, que después de andar por Centro Habana parece de mentira, para comer. Nos apetece ir a un chino que tenemos fichado desde el primer día, pero hoy no da comidas porque tienen cortada el agua. Acabamos en un sitio de comida española. Enrique hoy lleva puesta la camiseta de Camarón que le regalaron sus hermanos por su cumple y cuando entramos al restaurante los músicos, que están ensayando con sus guitarras españolas, paran de tocar. Comemos chorizo, queso, gambas rebozadas, ensalada con tomate... Después entramos a ver una maqueta de La Habana alucinante que se curró un hombre que, por lo que se ve, andaba bien de tiempo. Cuando todo está en orden, tiene luz, música y movimiento, pero hoy no hay ni agua ni corriente. Aún así nos gusta mucho. Luego vamos a ver el Museo de la Ciudad, en la Plaza de Armas. El contenido no está muy allá pero el edificio es precioso. Hay pavos reales dentro y, como es costumbre, los guías te persiguen aunque les digas que no hace falta que te expliquen nada, gracias. Cuando salimos hace un calor criminal. A las 17 horas hemos quedado con la compañera de Pedro Juan. Hacemos tiempo tomando dos cervezas en dos sitios distintos. El último frente al malecón y justo al lado de la casa de Pedro Juan que, efectivamente, parece que vive donde cuenta en sus libros. Acompaño a Enrique hasta el portal en la calle San Rafael, la paralela al malecón, pero no me atrevo a subir. El portal es muy oscuro, las escaleras estrechísimas y el ascensor ni lo abrimos. Me da miedo. No puedo dejar de imaginarme pitbulls sin bozal saliendo de los pisos y yo desmayándome directamente en los rellanos. Enrique sube (hasta el último piso, el séptimo) y yo me quedo en la calle. No sé por qué me da una medio llorera. Se me escurren un par de lagrimones mientras me fustigo mentalmente por mi cobardía. Salgo otra vez al malecón. Un señor mayor me mira queriendo saber. Me sonríe. Me muero de vergüenza. Cuando se me pasa el berrinche vuelvo al bar en el que habíamos estado. Me pido otra cerveza y el camarero se acerca a hablar conmigo. Hablamos del tiempo en España, de comida y de la Eurocopa. Enrique vuelve. Dice que la casa de Pedro Juan era muy luminosa y que la chica que lo ha atendido era muy amable. Que le ha invitado a un café pero que ha tenido que decirle que no porque yo estaba abajo. Y que se oían niños dentro. Me dan ganas de llorar otra vez. Pillamos un cocotaxi y volvemos al hotel. Enrique se duerme y yo no puedo. Hay músicos en el patio del hotel. Tocan el Chan chan de Compay (de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí...). A llorar otra vez. Los grabo desde el tercer piso. Para cuando Enrique se despierta he logrado recomponerme de la llorera tontuna que llevo horas arrastrando, y de esa espiral chunga de autocastigo y autocompasión, por el susto que me da el señor de Angalia. Llama por teléfono a la habitación del hotel y nos dice que el avión en el que tenemos que volver se ha roto y no va a salir hasta, por lo menos, el miércoles de la semana siguiente. Me tiene en suspenso un rato, por ese ritmo cubano tan proclive a las pausas, hasta que me dice que nos ha reubicado en un vuelo de Iberia que sale también el domingo por la tarde. Al día siguiente quedamos con él para que nos de nuestros billetes nuevos. Enrique se despierta, nos cambiamos de ropa y nos vamos a cenar. Vamos a la cervecería de la Plaza Vieja. La cerveza es casera y la puedes pedir en metros (un metro, dos litros). Tiene una barbacoa. Nos atienden fatal y la comida no está muy ahí, salvo unas brochetas de cerdo ahumado que están cojonudas. Frías pero buenísimas. Nos bebemos nuestro metro de cerveza. Vemos muchas parejas que chirrían (señores mayores decrépitos con mulatas espectaculares y alguna menos también invirtiendo los sexos). Un camarero me acompaña hasta el baño diciéndome cochinadas y otro distinto hace lo mismo durante el camino inverso. Debe de ser porque es viernes. Volvemos paseando despacito, otra vez por la calle Obispo que está hasta arriba de gente, llena de chicos y chicas tuneados para salir. Nosotros nos vamos a dormir. Algo nos debemos de estar perdiendo.


martes, 12 de agosto de 2008

cuba!


26-6-08, jueves

Queremos ir a ver el Museo de Bellas Artes pero está cerrado porque han cortado el agua, así que vamos a ver el de la Revolución. En que ponemos un pie en la calle nos abordan los caleseros que están permanentemente aparcados en la puerta del hotel. Son guías estatales que por un precio módico te dan un paseo en calesa por La Habana Vieja y te la comentan. Algunos son muy majos y otros nos dan hasta mal rollo. Todos nos hablan del España-Rusia de hoy. La verdad es que tenemos muchas ganas de ver el partido. Hemos dejado los móviles cargando en recepción (en la habitación no podemos) porque yo aprovecho los partidos para hablar con mis hermanos. El museo es muy interesante. Los paneles explicativos están hechos con letras pegadas sobre paneles de cartulina. Nos lleva casi toda la mañana. De todo el que hizo algo se sabe el nombre; hay listas y listas de malos y de buenos, de vivos y de muertos, de heridos y de ilesos. Entendemos por qué en una librería de Cienfuegos, cuando pedimos una historia general de Cuba en un tomo, la mujer que nos atendía resopló y nos dijo que era imposible que eso existiera. Eso en España sí, porque somos unos descastaos, pero en Cuba, hasta que se presente la oportunidad para el olvido, no. Al final del museo, al lado de la máquina de refrescos, está el rincón de los cretinos con sus caricaturas: Batista, por ayudarles a hacer la revolución; Reagan, por ayudarles a consolidarla y Bush padre, por ayudarles a fortalecerla (dicen). También vemos el Memorial Granma con sus patrulleras, lanchas piratas, camiones y avioncitos y la llama que recuerda a los caídos. Llamamos otra vez a casa de Pedro Juan por si ha vuelto o ha llamado. Nos dicen que no ha hecho ninguna de las dos cosas. Quedamos en pasar por su casa al día siguiente a las 17 para dejarle un paquetito con libros de regalo. Después de eso nos vamos al hotel. Tenemos intención de ver el partido en la tele de la piscina. Bikini, crema, bañador, lectura y toallas. Cerveza, pollo asado y sándwich de atún súper rico. Un gato está todo el partido tumbado debajo de la silla de Enrique ignorando que puede morir en cualquier momento y por algo tan tonto como que un tío en pantalón corto meta una pelota muy pequeñita en un rectángulo enorme con el pie. Los camareros han hecho sus porras igual que en Playa Ancón. Un tío muy parecido al que iba con Italia allí va aquí con Rusia (¿será el mismo, que no espabila?) y ni nos mira. Hay otros españoles viendo el partido. Un matrimonio coruñés muy majo y una cuadrilla de gilipollas que ni sé de dónde son ni me interesó en ningún momento. Nos ponemos un poco ciegos de beber cervezas como si se fueran a acabar. Nos bañamos. Justo enfrente de la piscina del hotel hay un edificio al que parece que le quedan pocas horas de verticalidad. Podemos ver cómo han dividido en dos cada piso, de modo que donde tendría que haber dos alturas, hay cuatro. Así que no hay manera de censar esta ciudad. La gente que vive allí se asoma de vez en cuando a sus balconcitos de forja llenos de cacharros de metal y de plástico y se queda un rato mirando la piscina, supongo que de la misma forma en la que yo miro el mar, hilando vagamente conceptos como libertad, vida y oportunidades. Es un tanto obsceno y llevamos fatal eso de ser vara de medir de esta desigualdad tan terrible. No sabemos muy bien qué hacer. Enrique está a punto de acabarse Cien horas con Fidel. Disfruta mucho y de vez en cuando siente la necesidad de leerme algunos párrafos. Yo sigo con la guía de Cuba. Me la estoy aprendiendo ahora que casi nos vamos. Leo sólo eso porque me cuesta concentrarme. Subimos a descansar un rato antes de salir a cenar. Yo tengo muchísimas ganas de tomarme un gazpacho o cualquier cosa que lleve tomate y ajo. Vamos a un restaurante especializado en paellas sólo por si hay algo así que parezca español. No recuerdo muy bien por qué pero medio discutimos un poco. Pedimos ensalada, cerveza y el arroz de la casa. Está todo bueno pero apenas puedo comer. Me acuerdo del menú del día de la boda que apenas probé. Mi reino por unas tajaditas de cabrito crujiente. Enrique casi se muere para encenderse un puro súper gordo. Ayer se fumó uno por la mañana y estuvo ciego hasta media tarde. Hay un grupo de seudo-flamenco que no mola nada. Lo mismo discutimos por eso, no lo recuerdo muy bien. Volvemos al hotel andando por la calle Obispo. Hay bastante gente y en cada esquina un policía. En un callejón veo una rata que rápidamente se vuelve a su alcantarilla. Son muy inquientantes los andares de las ratas. Estamos un poco cansados de estar fuera de casa. Tenemos ganas de volver, de ver a la gente, de poner lavadoras aunque sea, de comer ensaladas de verdad, de ser otra vez poco deseables por nuestro dinero. Nos tienta entrar al Floridita a por otro daiquirí de esos tan ricos. No entramos y acabamos sentados en el patio andaluz del hotel. Pedimos un par de combinados de colorines y nos dedicamos a inventarnos la vida, la circunstancia y la dirección que tomarán las personas que también están sentadas en el patio. Estamos hasta el higo ya de tanta conga. En la tele de la habitación vemos un programa de música del canal mexicano. Es un especial sobre reggae panameño (reguetón o como se escriba) y sobre nueva cumbia que es lo peor. Añoramos el rocanrol español.






lunes, 4 de agosto de 2008

cuba!


24-6-08, martes
Me levanto con una resaca importante. En el desayuno soy incapaz de comer nada. Me bebo como puedo medio café con leche y un vaso pequeño de yogur líquido con mucha azúcar. Mi estómago está fatal en las dos direcciones posibles y tengo que conducir unas 5 horas para llegar a La Habana. Al final el viaje está bien y el tramo de carretera es el mejor de todo el trayecto. Al poco de salir de Cienfuegos un policía nos para. Pienso que no es posible que sea para multarnos porque soy la conductora más lenta de toda la isla. Efectivamente, lo que quiere es que le llevemos hasta la capital. Luego cogemos a dos campesinos. El más joven se queja todo el rato de todo y rubrica cada dardo con un ¿veldá gualdia? que nos hace reír a los 5 todo el camino. El más mayor no habla. De hecho la gente mayor a la que vamos conociendo habla bastante menos que la joven (salvo Miguel, el señor de Camagüey que nos dijo que éramos jóvenes y europeos y pensábamos que lo sabíamos todo). Nos dice que la próxima vez que vengamos tenemos que ir a Varadero porque es lo más bonito de Cuba. Le preguntamos si es más bonito que Cienfuegos y nos dice que no conoce ninguno de los dos sitios. Nos explica que la gente que ofrece billetes en la carretera no es para venderlos (ellos dos nos los ofrecían) como nos contó la zumbada de Yanijari el primer día, sino para pagar a quienes les lleven en el coche. Flipamos porque hemos estado esquivando a todos los que nos ofrecían billetes. Enrique hace fotos a camiones cargados de plátanos machos. Por fin vemos algo parecido a una estación de servicio. El viaje se nos pasa volando y en menos de 4 horas entramos en La Habana. El policía y el señor mayor se apean en la periferia. El señor que se queja nos acompaña hasta el centro. La primera impresión es brutal. De primeras, y más si eres medio miope y has pasado mala noche, parece una ciudad hecha de escombros. Cuando te fijas la cosa cambia, pero intentando conducir dignamente en una ciudad de calles estrechas y llena de gente, uno no tiene posibilidad de fijarse. Por fin llegamos al hotel (a 5 manzanas del lugar en el que se apea el último pasajero). En recepción nos dan un zumo de sandía (allí se llama melón), nos enseñan nuestra habitación ("la del amor" nos dice el chico que nos ayuda con las maletas) y nos explican dónde está la terminal de cruceros (que es donde tenemos que dejar el coche). Lo desaparcamos y vamos a ello. Salimos en dirección contraria, recorremos todo el malecón y pasamos por delante de la tribuna antiimperialista pero no nos enteramos de nada. Dejamos el coche. Pido a Enrique que me haga una foto al lado. Respiro aliviada. La terminal está justo enfrente de la Plaza de San Francisco. Es bonita, piedra desnuda, casas de colores y algunas de las cafeterías y restaurantes más caros de la ciudad. Yo necesito comer algo suave y a ser posible italiano porque tengo el cuerpo hecho un desastre y la comida italiana es mi trapiñe oficial de las resacas. Peregrinamos buscando un sitio y acabamos discutiendo y comiendo fatal en un garito con camareros bastante desagradables. Necesitamos descansar. Siesta. Salimos a pasear ya casi de noche (no sé si he contado que allí anochece a las 20:30 más o menos). Andamos La Habana Vieja: Plaza de Armas, Plaza Vieja, Plaza de la Catedral... Es lo que está restaurado. Muy bonito pero no muy impresionante. Casi podría ser cualquier ciudad. No abusan del alumbrado y el ambiente es muy agradable. Nos bebemos el inevitable (y no especialmente bueno) mojito de la Bodeguita del Medio. Enrique se tiene que tomar casi todo el mío porque sigo teniendo el cuerpo del revés. Cenamos en un balcón al lado de la catedral. La comida más cara que haremos en todo el viaje y aún así, al cambio, salimos a 55 euros los dos incluidas las seis cervezas que tomamos en total. Hablamos de la boda, nos acordamos de nuestas familias, de los amigos... También un poco de todas las cosas que tenemos pendientes: arreglar el trastero, el Agosto Clandestino, comprar una tele pequeña para la habitación, las lámparas del salón... En la guía señalan algunas zonas como poco recomendables para el turista. Hacemos caso. Lo cierto es que en cuanto te sales de las pocas calles que están arregladas te asustas: callejones a oscuras llenos de socavones, de casas a punto de caer, de perros sin dueño, de gente bebiendo y gritando... . No obstante, la sensación que provoca no es tanto de miedo como de pudor. Salimos junto a la bahía y cogemos un taxi para que nos recorra el malecón. Es un coche particular. Un hijo y su padre que nos van contando casi la historia de cada edificio. Vemos a la gente besuqueándose, la tribuna antiimperialista, el hotel Nacional y volvemos. Nos dejan en la puerta del hotel y el padre se baja y nos abraza para despedirnos. Queremos dormir. Cuando entramos, un grupo está tocando en el patio andaluz del hotel. Nuestra habitación da a ese patio y estamos hasta ya un poco hasta el gorro de las congas. Menos mal que el concierto acaba a las once. Enrique se duerme enseguida y yo me quedo viendo 300 en el canal mexicano. Está toda doblada con acento del lugar excepto la voz de Jerjes, que es la misma que en la versión doblada para España.




25-6-08, miércoles

Nos levantamos pronto. Desayunamos. Quedamos con el delegado de Angalia (el tour operador que nos vigila allí). Un tipo muy serio que nos ofrece muchas excursiones todas carísimas. Dice que siete días en La Habana son muchos, que nos movamos. Le decimos que ya veremos lo que hacemos. Quedamos con el tío franciscano de Ivana para darle un paquete con medicinas. Mientras esperamos en el hall, compramos un Granma a un señor mayor que se asoma por una ventana. Se me olvidó contar que ayer hablamos con la compañera de Pedro Juan Gutiérrez y que nos dijo que estaba en México y que volvería el último de mes. Habíamos quedado con él en verle y entrevistarle para
unacopacon.com, pero Enrique me dice que cree recordar que no concretó fechas. En fin. Mi gozo en un pozo. El tío franciscano de Ivana es un fiera. Nos cuenta muchísimas cosas muy interesantes. Yo cada diez minutos me tengo que ir corriendo al baño. Tiro de Fortasec y de cerveza mañanera y podemos salir a pasear. Andamos el paseo del Prado, vemos el Capitolio, el Parque Central y el Teatro de La Habana que es precioso; también la fábrica de tabacos Partagás, el Barrio Chino... Queremos llegar hasta la casa natal de José Martí. La vemos y también la estación de ferrocarril y un agropecuario del que sale un olor terrible. Nos dan el palo. Todas las mañanas en La Habana nos dan el palo. Y a medida que avanza el día vamos espabilando. Dos mañanas comprando leche carísima para niños y otras dos tomando (y pagando) copas que no nos apetecen con gente con la que no nos apetece mucho tomárnoslas. No tenemos mucho problema en dar pesos, bolígrafos, jabones, cigarrillos, mecheros o en invitar a un trago a quien sea. Entendemos desde el primer día que la cosa funciona así. También vemos que en todas las ciudades que visitamos al segundo día ya conocemos a casi todos los que van a intentar sacarnos algo y que el porcenaje que representan es muy muy pequeño. Deducimos de hecho que la inmensa mayoría de los cubanos no viven de sacar pasta a los turistas. Pero bueno, mientras sean amables, mientras te indiquen una calle, mientras te expliquen algo... todo va bien, se da lo que sea y ya está. Tú eliges más o menos. El problema es cuando te hacen encerronas medio feas. Comemos en una pizzería muy buena en La Habana Vieja. Curioseamos los puestos de libros de la Plaza Vieja. Algo cae, aunque aquí ya se paga en pesos convertibles y no salen tan bien de precio. Pillamos un cocotaxi y vamos a ver el Callejón de Hammel. Es una callecilla de unos 200 metros llena de murales con imaginería religiosa africana que pintó un tal Salvador González después de tener una serie de visiones. Hay un solar con una bañera pintada de colores y unas cabritas pastando. Varios días a la semana hay actuaciones y espectáculos varios y el callejón se pone hasta la bandera pero cuando vamos nostros, sin actuaciones, a las cuatro de la tarde y a punto de empezar a llover, no hay ni dios. Unos diez chavalillos medio en pelotas empiezan a salir de los portales y a pedirnos caramelos y pesos poniendo cara de mucha pena. Nos agobiamos y nos vamos. Estamos en Habana Centro y todo es un desastre. Callejeamos un poco. No hago fotos por pudor. Yo no soy reportera de nada, no tengo una acreditación ni un sueldo ni una misión que justifique que eche fotos morbosas a una casa sin pared; ni a un anciano con muletas asomado a la ventana del quinto piso de una casa destrozada ni a ninguna cosa parecida a esas. No. Andando llegamos al Hotel Nacional. Al lado está el Focsa, creo que el edificio más alto de La Habana. 39 pisos de hormigón de 1956 que rehabilitaron en el 2000 después de que un hombre se matara al romperse el cable del ascensor y de que los pisos superiores se llenaran de nidos de buitres. El hotel es monumento nacional. Es impresionante. En la trasera tiene un jardín enorme que da al mar. Nos sentamos en los porches en un sofá mientras truena y le pedimos a los músicos que nos toquen el Chan chan de Compay. Estamos como reyes con nuestras copichuelas. Truena y relampaguea y el cielo está oscurísimo pero no arranca a llover. Miro el mar mucho tiempo seguido. Decidimos movernos. Pillamos otro cocotaxi y le pedimos que nos lleve a la Plaza de la Revolución. Es acojonantemente grande y el mural del Che y su Hasta la victoria siempre mola mucho (cuantísimas veces ese "siempre" es muerte, destierro o la soledad más absoluta). Luego vamos al cementerio, pero está cerrado y no podemos entrar. Volvemos al Sevilla. De camino vemos parte del Vedado y parece otra ciudad. En el cocotaxi, por el malecón, vamos tragando humo negro. Subimos a descansar un rato. Me dan un poco de miedo los ascensores cubanos. En el hotel de Santiago nos quedamos un rato colgados en el piso 15. En realidad no me dan miedo los ascensores en sí, sino la pachorra total de los cubanos que nos vamos encontrando. Esa calma está bien mientras esperas a que te saquen la comida tomándote una cerveza fría, pero no lo está mientras esperas a que te rescaten de un ascensor que se ha colgado. Salimos y vamos al Floridita a tomarnos un daiquirí. Es pequeño y cuesta 6 pesos pero está riquísimo. Cenamos en un restaurante árabe. Los músicos son muy buenos y dan mucha comida por poco dinero. Me ponen muy triste los músicos cubanos y no sé muy bien por qué. El calor y un no sé qué que me tiene a punto de llorar todo el rato me han hecho perder el apetito. Nos tomamos una cerveza casera en la Plaza Vieja y paseamos parte del malecón antes de ir a dormir. De camino nos cruzamos a los primeros perros de presa que vemos en la isla y nos reímos un rato largo después de ver una barquita amarrada que se llama "sobaco".