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sábado, 29 de diciembre de 2012

la rebelión según isabel bono*






el sabor del hierro
la sombra del laurel
la belleza de las antenas

en la luz de los charcos
empieza la vida

todo lo que nunca sabrán medir

 
*o saber ver y contar como solo ella sabe, que hay cosas que jamás nos podrán arrebatar (muchas): todo lo que nunca sabrán medir. Un montón de poemas emocionantes en su nuevo libro. Sin dejar de mirar al horizonte, es sano saberse ver los pies de vez en cuando. Muy fan (siempre)

sábado, 24 de diciembre de 2011

una postal y un villancico*







*para desearos que paséis estos días lo mejor posible. La postal es de Federico del Barrio y me la manda Isabel Bono y, caray, me ha gustado un montón. Y el Ace of Spades de Motörhead... pues me parece un villancico fetén. Ale. A gozar pues!

miércoles, 26 de octubre de 2011

memoria para todos* (y poemas)




*Así no se llama el texto que publicó ayer en uno de sus blogs (en éste) Isabel Bono, pero eso pide. El texto en realidad se llama Memoria de futuro y dice esto:


El miércoles 20 de octubre de 2021, algún diario tendrá la feliz ocurrencia de publicar una encuesta masiva a personajes destacados: ¿Dónde estaba usted el 20 de octubre del 2011? ¿Qué fue lo primero que pensó y en quién?

Como no sé si voy a llegar a 2021, y sé de sobra que jamás seré un personaje destacado, respondo ya: estaba en un hotel de Granada y pensé en la felicidad tan grande que habría sentido mi suegra al conocer la noticia.

Mi suegra murió con 89 años en febrero del 2009, días antes de cumplir los 90. Vivía con una radio siempre cerca, leía los periódicos, estaba al día de lo que pasaba en el mundo más que yo y me lo contaba después con entusiasmo. Creo que era la única persona, al menos de las que conozco, que se emocionaba cada año escuchando las buenas palabras de los galardonados en los Premios Príncipes de Asturias. Esperaba la noticia de la disolución de ETA cada día. Mi suegra era vasca.

A Isaac Puente, su padre, médico anarquista, lo mataron en el 36. No les dejaron sacar nada de casa, ni la ropa de invierno, recordaba. Sólo la máquina de coser para que pudieran ganarse la vida. Mi suegra es la única persona que he conocido que no odiaba a nadie.

En el 96 fuimos a Maestu a un homenaje. No había vuelto desde entonces. Tuvo que dar un discurso improvisado. Dijo que al principio no sabía bien qué se iba a encontrar, pero que se alegraba de estar allí y que los quería mucho a todos. Nunca he conocido a una persona más generosa.

El pasado día 20 también me acordé de Elvira, la mujer de Martín Carpena. De cuando mi tía me llevaba al cine y ella se traía a su hermano pequeño. De lo joven y lo guapa que era, de cómo imaginaría entonces el futuro.

Estos días sólo se habla de recordar, de no olvidar a las víctimas y a sus familiares, que también lo son. No puedo estar más de acuerdo. No hay que olvidar ninguno de esos nombres para que nos recuerden cada día que eso no puede volver a pasar.

Que no se olviden de nadie, que hablen, que hablen mucho. Hablando sin gritar se arregla todo, decía mi suegra.

Los nietos de Isaac Puente siguen buscando su cuerpo.


El texto me gusta, todos sus blogs también (son algunas de las mejores playas que os enlazo: la de la coleccionista de piedras; la de la registradora de sueños; la de la mujer que todos los días, buenos y malos y regulares, se tropieza con un poema). Y sus poemas, muchísimo (estos tres son de Algo de invierno, Luces de gálibo, 2011). Pero sobre todo me gusta ella.


ahuyentamos el miedo
descorriendo las cortinas
para que entre luz calor piedad

mientras esperamos
el infierno crece


*


se acabaron las ganas
de llenarme la boca
con otras lenguas

para este amor
un idioma será suficiente


*


deseo decir no
como dicen las cigarras al invierno

deseo no hacerme preguntas
ni qué identidad me aprieta
ni a cuál desaloja

no deseo la verdad
sino una tregua

jueves, 31 de marzo de 2011

deux de mes poémes* traduit en français (y un poco de marsella y lyon)







Va a hacer un año que Enrique y yo estuvimos leyendo en la Universidad de Lyon. Veníamos de Marsella. Allí dormimos en casa de una señora muy simpática en una calle en cuesta llamada Boulevard Tèllene. Bajando te encontrabas, en este orden, con un mercadillo permanente de barrio (volví muy fan de esa costumbre francesa de no tirar nada y de intercambiar todo; el futuro será así o no será), con esta pastelería tan bonita (aunque las dichosas navettes fueron lo único que comimos que no nos encantó) y con el mar. Desayunamos mermeladas y quesos caseros, nos reímos muchísimo, caminamos sin prisa. Enrique se enamoró del pastis. Yo también. Pocas cosas tan agradables como ese suave cosquilleo que producen las bebidas dulces al tomarse al sol. Yo bebía también a veces un vino blanco de la provenza (con muy mala fama entre los entendidos pero que a mí me sabía muy bueno) con un chorrito de licor de naranja. Metimos los pies en el mar. Comimos pescado y casquería. Probamos la cassoulet de pato (uno de los platos más ricos que he comido nunca). No se me ocurrió apuntar nada en una libreta porque nunca lo hago (confío mucho en mi memoria y aún más en sus curiosas selecciones y asociaciones; así me va, por otro lado, perdiendo el norte mínimo un par de veces al mes) y todavía no he descargado todas las fotos del móvil, así que os vais a ahorrar un montón de datos irrelevantes. Sí que me he preocupado de buscar cómo se llama el sitio en el que probamos ese invento maravilloso y... ¡voilá! est ici: Restaurant La Garbure (muy bonito y bebimos cognac y Topo y Mireia se llevaron la botella a casa para hacerse un jarrón). Recuerdo que se nos hizo muy tarde en Cours Julien. Recuerdo que cuando volvíamos para nuestro hogar temporal vi una rata gigante saltando entre dos cajas de cartón. Recuerdo que en ese preciso instante íbamos hablando de Jules Pascin. Recuerdo que el domingo por la mañana en el mercado de pescado vi estrellas de mar vivas en varios puestos; y que en uno de ellos, una sola se retorcía al sol y que esa imagen me turbó. Recuerdo el ambiente de Cours Belsunce y de sus perpendiculares hasta el Boulevard Dugommier (del África negra hasta un punto; magrebí a partir de ese punto; hace poquito recordaba que magreb significa occidente en árabe). También me viene a la mente la luz blanca de la ciudad y la cerveza La Cagole (que vendría a ser algo así como "la choni" en dialecto marsellés; buenísima, perfecta con patés de olivas, de almendras y de peces varios). De ahí fuimos a Lyon. Mireia y Topo (nuestros anfitriones) llevan muchos años viviendo allí. Antes estuvieron en Clermont Ferrand. Viven cerca del Institut Lumiere y disfrutan mucho de él y de los ciclos de cine que organizan. Es curioso cómo se articula el mundo. Ellos dos adoran el cine y han acabado viviendo (sin pretenderlo) en el mismo barrio en que vivieron los inventores del cinematógrafo. Va a ser cierto que siempre decidimos aunque no lo sepamos. Frente a la parada en la que cogen el tranvía estaba aparcada una furgoneta llena de bolsas llenas de colillas de cigarrillos del bar insumiso a la ley del tabaco de Lyon, el café 203. No recuerdo nombres de calles. Me pasa en los sitios en los que tengo guía. Pero sí de algunos de los barrios. Recuerdo que subimos a la Fourvière a ver las ruinas grecorromanas y la basílica. Hacía sol y calor, los zapatos me hicieron rozadura y tuve que entrar a comprarme tiritas en una farmacia (no recuerdo cómo me dijeron que se decía tirita en francés). Recuerdo a los chavales de un instituto que había al lado almorzando en las ruinas, extendidos sobre las piedras como lagartijas. Recuerdo que andamos mucho por el centro de la ciudad (la Presqu´ile), ordenada y elegante como uno espera del mundo civilizado (aunque Chirbes sostiene en Mediterráneos que "lo mediterráneo" en Francia, no en el mejor sentido de la palabra, empieza en Lyon). Comimos salchichón asado, quenelles, ensalada de lentejas verdes y más cosas ricas que no recuerdo en un bouchon. Bebimos vino beaujolais nouveau como si se fuera a acabar el mundo. Probamos la cerveza de primavera. Comimos quesos. Muchos. Distintos. Muy buenos. Subimos al barrio de la Croix-Rousse, el antiguo barrio de los canuts (o trabajadores de la seda) y bajamos atravesando patios de vecinos. Había varias cuadrillas de redskins jugando a petanca (que es un invento occitano) en cada plaza. Estuvimos en el Museo de Bellas Artes y nos encantó (precioso el jardín interior y maravillosos los frescos del edificio de Puvis de Chavannes, que ciertamente parecían la puerta de entrada a otros mundos). El barrio del Vieux Lyon de bonito nos pareció casi de mentira (nos sucedió algo parecido cuando estuvimos en Salamanca al volver de Oporto). Una de las cosas que se visita son los patios interiores de las antiguas casas nobles que hoy ya no lo son, y tiene su gracia andar colándose por los portales aunque algún perro te dé un susto. Compramos vinos blancos viejos para mi hermano. Cenamos en la terraza de la casa de Topo y Mireia. Paseamos por su barrio. Antes leímos en la universidad y la gente fue muy amable con nosotros y estudiantes de español encantadores que pillaban los chistes de Enrique y se morían de la risa y decían mon dieu, mon dieu muchas veces, nos invitaron a unos vinos. Para la lectura Mireia (Mireia Alonso Ribeiro, que publicó un estupendo poemario con Ediciones de 4 de Agosto en el verano del 2007, titulado "La moqueta roja") tradujo algunos poemas de Enrique y míos al francés (ahora anda corrigiendo las pruebas de imprenta de una antología de poemas de la condesa Anna de Noailles que ha preparado para Torremozas). De esto hace casi un año. Y justo antes pasó todo lo que os he contado. Justo después estuvimos en Barcelona en casa de Agustín y José Antonio, con Juan, Isabel y Alberto y un montón de caracoles (Agustín y José Antonio tienen un criadero). Juan e Isabel leían en Nostromo (un sitio estupendo en el que hicieron un recital estupendo). Dormimos en una casa en medio del monte. No había ruidos y se veían las estrellas. Creo recordar que fui bastante feliz y que la primavera merecía plenamente su nombre, sus adjetivos y sus tópicos. El sol me quemó la punta de la nariz y los hombros y los bichos me picaron. Me encendí. Respiré raro y mal, como siempre por estas fechas. Me entraron ganas de no hacer nada y de salir corriendo con los ojos cerrados hacia quién sabe dónde. Hay algo que me abruma y me angustia en despedirme del invierno, aunque el olor de la calle esta mañana al salir de casa me ha hecho sentir especialmente bien (y olía exactamente a eso, al frío huyendo a otros lugares). Justo hace un año escuché por primera vez mis poemas en otro idioma. Y fue verdaderamente bonito y quería compartirlo con vosotros. Los poemas me llegaron el lunes. Me llegaron unos cuantos; he escogido estos dos porque uno le gusta mucho a la traductora y el otro me gusta mucho a mí. Es bonito ver cómo cada cosa contiene otras muchas (cada uno de estos poemas guardan así la idea primera, el recuerdo de un viaje, quien lo leyó y me lo dijo, quien me hizo el precioso favor de hacerlo comprensible en otra lengua, un golpe de ánimo repentino, aire fresco hoy, quién sabe qué mañana). Me consuela ver cómo todo lo que nos va sucediendo va tejiendo una red muy compleja casi casi irrompible. Los lugares, los poemas, las personas. A veces parece incluso que las cosas tienen sentido.

III

écrire

le besoin de partager

ce qui n’intéresse peut-être personne

ce sentiment d’être accompagné

dans la solitude la plus complète

exposé absurdement

exposé

cette maladie

s’accrocher au papier blanc

comme s’il était

l’unique alternative

à la mort

comme si la trace qu’on laisse en lui

était plus que nous-mêmes


III

escribir

esta necesidad de compartir

lo que quizá a nadie interesa

este sentirse acompañado

desde la soledad más absoluta

expuesto absurdamente

expuesto

esta enfermedad

este aferrarse al papel en blanco

como si fuera

la única alternativa

a la muerte

como si el rastro que en él dejamos

fuera más que nosotros mismos


*


contre héraclite

rien ne change

la même envie de te voir

la même envie de te toucher

la certitude de ce qui n’aura pas lieu



contra heráclito

nada cambia

las mismas ganas de verte

las mismas ganas de tocarte

la certeza de que no sucederá


*incluidos en mi "cuaderno de sal"


miércoles, 11 de agosto de 2010

los poetas isabel bono y jaime siles en la 2º jornada del 6º agosto clandestino


JUEVES 12 DE AGOSTO DE 2010 20.00 H. INSTITUTO RIOJANO DE LA JUVENTUD LOGROÑO

LOS POETAS ISABEL BONO Y JAIME SILES ACERCAN SU PALABRA PRECISA Y PRECIOSA A AGOSTO CLANDESTINO Agosto Clandestino propone una tarde de contrastes poéticos: desde la palabra desnuda de Isabel Bono al preciosismo clasicista de la poesía de Jaime Siles. En lo que no habrá contraste es la calidad de la obra de ambos autores, sobradamente reconocida y, también, sobradamente demostrada.

Isabel Bono (Málaga, 1964). Ha publicado, Señales de vida (Ed. El gato gris, 1999). Los días felices (Ed. Celya, 2003). La espuma de las noches (Málaga 2006). Entre caimanes (Ediciones del 4 de agosto, 2006). Mi padre (Aullido libros, 2008). Días impares (Ed. Polibea, 2008). Poemas reunidos Geyper (Ed. Eppur, 2009). Ahora (PUZ, 2010). Ha sido incluida, entre otras antologías, en La verdadera historia de los hombres (Ed. Eclipsados, 2005). 23 pandoras (Ed. Baile del sol, 2009) y La manera de recogerse el pelo: Generación Blogger (Ed. Bartleby, 2010). Mantiene su propia web: http://www.bkbono.com

Jaime Siles (Valencia, 1951). Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca. Becado por la Fundación Juan March, amplió estudios en la Universidad de Tübingen bajo la dirección de Antonio Tovar. Posteriormente trabajó como investigador contratado en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Colonia, donde colaboró con Jürgen Untermann en la redacción de los Monumenta Linguarum Hispanicarum. De 1976 a 1980 fue profesor de Filología



Latina en la Universidad de Salamanca; de 1980 a 1982, por oposición, en la de Alcalá de Henares. En 1983 obtuvo la cátedra de Filología Latina de la Universidad de La Laguna (Tenerife). Ese mismo año fue nombrado Director del Instituto Español de Cultura en Viena y Agregado Cultural en la Embajada de España en Austria, donde cesó - a petición propia - en noviembre de 1990. Catedrático Honorario de la Universidad de Viena (1984 - 1986); Gastprofessor de la Universidad de Graz (1985); Gastprofessor de la Universidad de Salzburg (1986); Visiting Professor de la Universidad de Madison-Wisconsin (1989); Profesor Visitante de la Universidad de Bérgamo (1990); Profesor de la Universidad de Berna (1990 y 1991); Ordentlicher Professor de la Universidad de St. Gallen (1989 - 2002) de cuya Facultad de Ciencias de la Cultura ha sido decano (1997-1998); Profesor Visitante de la de Turín (1996); Profesor Visitante de la Universidad de Ginebra (2000-1). Actualmente es Catedrático de Filología Latina en la Universidad de Valencia y Presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha sido secretario de redacción de la Revista de Occidente, director del Departamento de Filología Clásica de la Universidad de Valecia y Asesor de Cultura en la Representación Permanente de España ante la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas. En 1973 obtuvo el Premio Ocnos; en 1983, el Premio de la Crítica de País Valenciano y el Premio de la Crítica Nacional; en 1989, el Premio Internacional Loewe de Poesía; y, en 1998, el I Premio Internacional Generación del 27. En el año 2003 fue distinguido con el Premio Teresa de Ávila concedido al conjunto de su obra y, en 2004, con el Premio de las Letras Valencianas. Desde 1991 a 1998 ha sido crítico literario del periódico ABC y, desde 1993 hasta 1997, crítico teatral en la revista Blanco y Negro; luego lo fue en La Razón y a en El Cultural de El Mundo y actualmente lo es de ABC. Premio Extraordinario de Bachillerato (1967), Premio Extraordinario de Licenciatura (1973) y Premio Extraordinario de Doctorado (1976), ha sido distinguido con la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (R. D. de 23 de junio de 1990) , la Gran Cruz de Honor por servicios prestados a la República de Austria (1991) y con la Medalla de Plasta de la Emigración (2003). Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia. Más: http://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Siles

lunes, 13 de abril de 2009

perder, por fernando luis chivite


mi amiga isabel bono (que por cierto está al caer, más información en próximas entregas), me hace llegar este artículo del escritor navarro aparecido aquí (http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/20090403/opinion/perder-20090403.html)


me gusta, me identifico, lo comparto



Perder

Todo puede perderse. De hecho, es inevitable. Nuestro destino es perder, de eso no hay duda. Se pierde la belleza. Se pierde el amor. Se pierde el dinero, claro. Hasta la verdad acaba perdiéndose. Hasta el poder. Nadie nos enseña eso. Y deberían, digo yo. Deberían porque es precisamente ahí, en la pérdida, en la derrota, donde radica el verdadero intríngulis de nuestra esquiva naturaleza. Si el jefe de gobierno se volviera loco y me nombrara ministro de Educación por un día, yo incluiría una nueva asignatura en el plan de estudios de la enseñanza obligatoria. La llamaría 'Teoría y ética del fracaso'. O 'Fundamentos psicológicos para una tolerancia de la frustración', o algo así. Para que quedara claro desde edades tempranas que lo nuestro es perder. Que ganar es un albur efímero. Que lo mayoritario es perder. Que por cada orgulloso ganador hay miles de honestos y entrañables perdedores. Que eso no tiene nada de malo. Y que puede aprenderse a perder con cierta elegancia e incluso silbando una alegre canción. Una de las cosas que más me ha llamado la atención desde que era niño ha sido observar lo fácil que suele resultar inducir en la gente la moral de victoria. Por eso siempre me ha dado la sensación de que hay algo erróneo en nuestra psicología. Algo que indefectiblemente nos predispone a ser con demasiada facilidad víctimas de un entusiasmo insensato. Y qué peligroso es el entusiasmo. «Un estúpido relámpago, mejor embotellado», decía Monsieur Teste. Además, pensándolo bien, la victoria es triste de por sí. No es real, es pura ficción. Una agitación que dura poco. Y que te aísla. En el fondo, toda victoria conlleva una pérdida. Por eso, nunca me ha convencido demasiado la apabullante y generalizada apología del éxito. También se lo reprocho a los políticos. Fíjense en ellos. El mensaje que emiten es cuestionable. Parecen decir: 'Haría lo que fuera para ganar', 'No soporto perder'. ¿No es un poco indecente? En fin. Si la política supone, de algún modo, una especie de educación social, los políticos son unos pésimos pedagogos. Se nos educa para ser ganadores a costa de lo que sea. Se nos hace creer que es fácil conseguir lo que uno quiere. Se nos proyecta constantemente la necesidad de aspirar al éxito social y todo lo demás. La fantasía del éxito. Cuando lo normal es perder. Y lo que deberían hacer es enseñarnos a perder con honestidad. Y a despreciar el éxito con una sonrisa, ¿por qué no?