viernes, 15 de marzo de 2013

un poema de jesús hilario tundidor




Piso amueblado

(alquiler)

ESA cama no tuya donde hoy duermes
bogando entre el esparto de los sueños de un color desvaído
sin cisnes y sin árboles ni plácidas muchachas  por los ámbitos de su redondez amarilla.
Esa alcoba que nunca conoció el abrigo tibio de la comodidad,
de sórdida papelería barata como un encantamiento contra la ruina y la miseria,
bajo cuyo velamen yace el descolor que muerde o la humedad que caría,
que nos recuerda las salas principales de ciertos prostíbulos pobres
en los que se insinúa, bajo apariencias de deseo, la contención del orín,
el envejecimiento de la alegría o el progresivo deterioro del sexo.

La cocina, sin sol ni sal, con su olor monótono de patata y su ocre pastosidad de sémola removida
o su espesura de desagüe por el que emerge
desde la flora ácida de las cañerías el remotísimo aroma de las cloacas
con su persistencia de intuiciones de roedor gris con carnosidades tumorosas.
(Ay, ese olor, ese olor inolvidable en las noches de la tormenta...)
O aquellos fragaderos de granito en su estupor de mineral aceitoso que nunca es aniquilado por el estropajo.
Y la nevera, que conserva y enfría
únicamente el alimento nutritivo de la tristeza desamparada,
envuelta por un halo de una casi blancura conmovedora en su nostalgia de electrodoméstico envejecido,
de electrodoméstico jubilado con su decoración de azulenca ternura, sus borlas de óxido,
sus hongos amarillos en la senectud irreversible de los desconchones.
Así esta lavadora, coja de tiempo,
que no puede salvarnos del funeral de los días marchitos prendidos
en la hendidura de los deshilachados de la ropa más sucia, lavandera
sin ribera ni aceña para lavar la libertad, el olvido o la muerte,
que mientras canta llora removiendo en su cauce o útero
el ropaje inconcluso de recuerdos roídos que nunca aceptarán el detergente bíodegradable.

Como nunca aceptaba el escándalo de la luminosidad, las historias del cielo, la vida,
el comedor aquel cuyas cortinas violetas encanecían a la sombra de su tercipelo desposeído,
desplomando su pesadez inhabitada sobre la múltiple soledad de los terrazos muertos
en aquella balada de desolación que callada recorría amante
los muebles mancos, desdentados, solemnes y sonoros, en los que la carcoma,
llegada desde un funesto nido de compraventa y almoneda nocturna,
fue el único comensal que se nutrió en el hosco festín de la decadencia.
Y la ventana, viuda, ciega, introvertida
donde nunca asomaron los árboles ni los pájaros, ni la felicidad.

PERO no hablemos más. No describamos el precipicio
del reino de la nieve en que cae nuestra alma, el áspid desengaño, la época del humo.
Si siempre amé la extensión infinita de una patria más justa,
¿qué hago yo aquí viviendo por las estrías del despojo, en los herrajes
del caballo miseria, sobre la edad adulta de la muerte y el moho?
¿Lo he merecido? Pues si todo fue extraño
me consoló la espera de la palabra en la carne del cántico,
y así nada pedí y ofrecí aquello
que tuve: el verso
fiel en cuya piel inmersa iba mi vida, por demás poca cosa.
Aún así lo perdono. Y en tanto aurora el sueño
hago memoria de este tiempo cano
igual que cierto rey en el exilio
despreciando a sus súbditos.

Valencia 1985.