miércoles, 28 de marzo de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
un poema de eunice odio
Nube y cielo mayor
A los milicianos de dentro y fuera
Porque en España ardía la voz,
Ardía el vientre floral de la mujer
encinta con el mundo,
Ardía la arteria triste desnuda
Ardía el humus conciso de los hombres,
Ardía el húmedo estuario de tu daga
total y coronada.
Porque en España
se cubrían de lujosos cadáveres
los párpados de las muchachas
y el alba cercenada
soñaba con obispos y medusas,
y murmuraba el hombre su cándida estatura
más allá de su muerte conquistada,
Porque en España
Miliciano español
encubierto de escombros doloridos,
y tu cielo veloz acuchillado,
Mientras los enlutados
perdían tu ancha jornada de magnolias,
y revolvían
hasta variarla toda,
la gracia popular de las tahonas,
tú estabas en la época lluviosa de tu sangre,
y tu cuerpo,
en aire de paloma entrecortada,
recorría este suave desorden de ecuadores,
esta fácil ternura de los rostros de América.
Salud
Miliciano Español
a tu frente miliar
y a la turbia excelencia de tu sangre,
Salud a tu mejilla levantada,
Salud
Miliciano Español
Discípulo tatuado
en la cubierta extraña de Guernica,
Salud al espinazo de tu espada,
Porque en España,
cuando los enlutados
pacían en tu dulzor enrojecido,
y comían de tu carne derramada,
tú eras como un ángel escolar
en la esquina del mundo,
como un sol destapado con tu herida,
Salud
Miliciano Español
griterío original de días degollados,
Herida desplomada en las puertas del hombre,
para que el hombre oyera
tu iracunda fragancia
y acogiera
el alto decaer de tu cintura,
el cálido color de tu armonía,
Salud a tu lacónica silueta
melancólico el gesto entre las rocas,
y la mirada envuelta en una lágrima,
Salud
hasta tu corazón más íntimo,
y en tu sudor más íntimo,
y hasta en el dorso
más olvidado de tu hueso,
desordenado y alto,
Salud a esa tu muerte tan desechada,
tu muerte aun húmeda y sola
al socaire del olivo,
Salud
Miliciano Español,
Dinamitero que ardes
con tu boca en amas
y tu fragor al cinto,
Salud hasta en tu niño fusilado
que deslinda su ombligo entre tu frente,
Salud
Miliciano Español
Porque cuando en España
los arzobispos desfondaban a Cristo
y le pateaban el muslo y los dedos largos,
tú estabas con el rostro dividido
y con el sexo lleno de semanas
eternamente oscuras.
Porque cuando los militares de medio rostro
mutilaban la era embarazada
y se masturbaban la mente con un paraguas,
tú estabas cerrado a todas las sangres,
parado sobre todos los asaltos,
y tu cuerpo de suave corola destituida
tenía una voz para tu mismo cuerpo,
Salud
Huésped funeral y hermoso,
Salud
entre tu frente que está al socaire del olivo
aun sola;
porque aún
entre los relojes de los bufetes
y de los tocadores,
los arzobispos y los medios rostros de los traidores,
se masturbaban la mente con un paraguas,
y en tu España,
en la mía,
en la de todos,
aún arde tu cuerpo como un clavel de asalto.
Aquí,
amigo,
Miliciano español
poblado hermano nuestro,
sobre tu corazón de polvo y estampido
nosotros estamos parados al pie de las cosechas,
Sobre lo que parece que se ha roto en el llanto,
Estamos todos,
mostrando el tanto de brillo de una lágrima.
Somos los apasionados magníficos,
los pequeños exaltados
siempre floridos,
los de rostro transitable
Estamos todos
esperando sobre la piedra erguida,
somos los de dentro y los de fuera,
somos todos los americanos.
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jueves, 22 de marzo de 2012
cosas que le diré a la niña que está en camino*
para helena
el dinero no importa
seré inmortal mientras me quieras
si no te es dado encontrar fácilmente tu camino
no desesperes:
no es poca misión amar
*Este es el poema que he leído esta mañana en el IES Batalla de Clavijo de Logroño, que ha tenido a bien invitarme al maratón poético que celebran cada año para festejar el Día Internacional de la Poesía. Puede que escribir sea una de esas cosas que desaconsejar a las embarazadas (algo así: no bebáis, no fuméis, no comáis por dos sino para dos y, por favor, huid como de la peste de escribir poemas). Puede, digo, porque en estos meses de embarazo he alcanzado unas cotas de moñez fascinantes. Esto es, yo soy bastante moñas de por sí. Me suelen rescatar de ahí un poco los alcoholes y cierta querencia a cierto macarrismo, pero tanto mes de abstinencia y tantas cositas pequeñas y de colores suaves y tanta ternura generalizada a mi alrededor, pues han traído consigo, como decía, unos niveles de moñez altísimos; y con ellos, cantidades bastante considerables de poemas moñas (como aquel eslogan del Partido del Karma Democrático, PKD, que decía "el voto inútil, el voto como tú", pues igual: "el poema moñas, el poema como yo"). Casi todos fenecerán sin conocer otro aliento que el mío propio, pero este no. Este me gusta. Fuera rollos, el poema que me hubiera gustado leerles a todos esos chicos y chicas (el poema que me hubiera encantado ser capaz de escribir para esta mañana) es este de Roque Dalton. Para nada creo que quienes perseveramos en esto de escribir, con mayor o menos fortuna, poesía, tengamos que estar constantemente justificando por qué lo hacemos. Pero si yo tuviera que hacerlo, si tuviera que explicar por qué escribo, me gustaría saber decirlo así:
Preguntarán qué fuimos,
quienes con llamas puras les antecedieron, a
quienes maldecir con el recuerdo.
Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.
(La fotografía es de Robert Doisneau)
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miércoles, 21 de marzo de 2012
un poema de eugenio montejo
La poesía
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.
Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.
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domingo, 18 de marzo de 2012
un fragmento del discurso de aceptación del nobel de albert camus*
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957
Personalmente, no
puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de
cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me
separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A
mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar
al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de
dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le
somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que
muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían
distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia
más que confesando su semejanza con todos.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.
Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.
Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo, en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan, crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.
Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.
Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo, en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan, crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.
*Merece mucho la pena leer el discurso entero (aquí lo tenéis en castellano y en francés). Me he acordado de él por esta noticia (y siempre es un gustazo encontrarse con Camus)
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viernes, 16 de marzo de 2012
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