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martes, 5 de junio de 2012
un poema de fernando luis chivite
Inventario de omisiones
Furtivo calienta el rescoldo de lo olvidado
Canetti
La nieve que iluminaba la escalera.
Las farolas del cementerio encendidas
durante toda la noche. La chica delgada
que se juntaba con la chica más delgada.
El muchacho descontento que se unió
al muchacho aún más descontento. Algo
parecido a niebla amarilla dentro de un cuarto.
La voluntad de derrumbarse del puente.
La austeridad de los armarios. Un reloj
que bostezaba. Un olor de años en las mantas.
Los negros cercados. La absoluta
oscuridad que de ninguna manera
nos atrevimos a tocar. Y naturalmente
la elegancia que nacía del dolor.
Y por supuesto la dignidad de los que fueron
humillados y olvidados
después.
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lunes, 13 de abril de 2009
perder, por fernando luis chivite

mi amiga isabel bono (que por cierto está al caer, más información en próximas entregas), me hace llegar este artículo del escritor navarro aparecido aquí (http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/20090403/opinion/perder-20090403.html)
me gusta, me identifico, lo comparto
Perder
Todo puede perderse. De hecho, es inevitable. Nuestro destino es perder, de eso no hay duda. Se pierde la belleza. Se pierde el amor. Se pierde el dinero, claro. Hasta la verdad acaba perdiéndose. Hasta el poder. Nadie nos enseña eso. Y deberían, digo yo. Deberían porque es precisamente ahí, en la pérdida, en la derrota, donde radica el verdadero intríngulis de nuestra esquiva naturaleza. Si el jefe de gobierno se volviera loco y me nombrara ministro de Educación por un día, yo incluiría una nueva asignatura en el plan de estudios de la enseñanza obligatoria. La llamaría 'Teoría y ética del fracaso'. O 'Fundamentos psicológicos para una tolerancia de la frustración', o algo así. Para que quedara claro desde edades tempranas que lo nuestro es perder. Que ganar es un albur efímero. Que lo mayoritario es perder. Que por cada orgulloso ganador hay miles de honestos y entrañables perdedores. Que eso no tiene nada de malo. Y que puede aprenderse a perder con cierta elegancia e incluso silbando una alegre canción. Una de las cosas que más me ha llamado la atención desde que era niño ha sido observar lo fácil que suele resultar inducir en la gente la moral de victoria. Por eso siempre me ha dado la sensación de que hay algo erróneo en nuestra psicología. Algo que indefectiblemente nos predispone a ser con demasiada facilidad víctimas de un entusiasmo insensato. Y qué peligroso es el entusiasmo. «Un estúpido relámpago, mejor embotellado», decía Monsieur Teste. Además, pensándolo bien, la victoria es triste de por sí. No es real, es pura ficción. Una agitación que dura poco. Y que te aísla. En el fondo, toda victoria conlleva una pérdida. Por eso, nunca me ha convencido demasiado la apabullante y generalizada apología del éxito. También se lo reprocho a los políticos. Fíjense en ellos. El mensaje que emiten es cuestionable. Parecen decir: 'Haría lo que fuera para ganar', 'No soporto perder'. ¿No es un poco indecente? En fin. Si la política supone, de algún modo, una especie de educación social, los políticos son unos pésimos pedagogos. Se nos educa para ser ganadores a costa de lo que sea. Se nos hace creer que es fácil conseguir lo que uno quiere. Se nos proyecta constantemente la necesidad de aspirar al éxito social y todo lo demás. La fantasía del éxito. Cuando lo normal es perder. Y lo que deberían hacer es enseñarnos a perder con honestidad. Y a despreciar el éxito con una sonrisa, ¿por qué no?
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