Ayer vimos La voz dormida. Me gustó bastante menos que el libro de Dulce Chacón, pero se dejó ver (un poco por las actrices protagonistas, otro poco porque la historia es tremenda y, sobre todo, porque creo que no deja de ser una película necesaria). En cualquier caso, da un poco de rabia que en este país todavía no hayamos aprendido a hacer buenas pelis sobre nuestros peores años, no sé, como si existiera siempre una especie de pretensión de dulcificarlas y de recurrir a la lágrima fácil, como si se desconfiara de los espacios de dulzura (de la buena, de la que también duele) y de la propia capacidad de hacer llorar que la realidad en sí tiene (dicho sea de paso, que me tiré media peli llorando como también me tiré medio libro llorando en su día). Viéndola me acordé, por supuesto, del magnífico libro - disco La tierra está sorda de Barricada, inspirado también en gran medida en el libro de Dulce Chacón (para muestra esta canción, que habla de su protagonista, Tensi) y ampliado luego con abundante bibliografía sobre los represaliados de la dictadura franquista. Pero la canción que me venía todo el rato a la cabeza era Omega, la primera canción del disco homónimo de Enrique Morente y Lagartija Nick. Su oscuridad, su densidad, su rabia, su dolor. Todo eso que remueve y quema.
lunes, 14 de noviembre de 2011
viernes, 11 de noviembre de 2011
un poema de pelayo fueyo*

Alegoría del consuelo
Una gaviota
dibuja las mareas
en el cielo
de la ciudad sitiada.
Una gaviota
dibuja las mareas
en el cielo
de la ciudad sitiada.
*con fotografía de Robert Frank.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
un diálogo de "la peste" de albert camus

-Sabe usted, doctor -le dijo-, he pensado mucho en su organización. Si no estoy ya con ustedes, es porque tengo mis motivos. Por lo demás, yo creo que sirvo para algo: hice la guerra de España-
-¿De qué lado?
-Del lado de los vencidos. Pero después he reflexionado.
-¿Sobre qué? -dijo Tarrou.
-Sobre el valor. Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes, pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa.
-Parece ser que es capaz de todo.
-No, es incapaz de sufrir o de ser feliz largo tiempo. Por lo tanto, no es capaz de nada que merezca la pena.
Rambert miró a los dos.
-Dígame, Tarrou, ¿usted es capaz de morir por un amor?
-No sé, pero me parece que no, por el momento.
-Ya lo ve. Y es usted capaz de morir por una idea, eso está claro. Bueno: estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no creo en el heroísmo; sé que eso es muy fácil, y he llegado a convencerme de que en el fondo es criminal. Lo que me interesa es que uno viva y muera por lo que ama.
Rieux había escuchado a Rambert con atención. Sin dejar de mirarle le dijo con dulzura:
-El hombre no es una idea, Rambert.
Rambert saltó de la cama con la cara ardiendo de pasión.
-Es una idea y una idea pequeña, a partir del momento en que se desvía del amor, y justamente ya nadie es capaz de amar.
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martes, 8 de noviembre de 2011
un poema de tomás segovia

Arroyo
En la prisa de su ímpetu tiránico
No oye nada el arroyo
Desde el foso sin bordes de su propio fragor
Desde aquí arriba
Se ve el tropel de espaldas líquidas
Sin cesar arrojándose
Con la monótona constancia
De un perpetuo desorden
Esta vehemencia se abalanza
Hacia un túnel del tiempo
Que no debiera tener término
El arroyo perpetuamente empieza
Por siempre su después es otra vez ahora
¡Ah sí! resiste
No te dejes salvar por mis palabras
No cedas uno solo de tus ansiosos rasgos
A la imagen de ti
En la que te amaré luego
Te juro que estoy mirándote
Fuera de este poema
Donde corro contigo
Abrazado a un impulso y ciego a toda meta
Queriendo que mi vida igual que tú
No sepa nunca dónde acaba el tiempo
En la prisa de su ímpetu tiránico
No oye nada el arroyo
Desde el foso sin bordes de su propio fragor
Desde aquí arriba
Se ve el tropel de espaldas líquidas
Sin cesar arrojándose
Con la monótona constancia
De un perpetuo desorden
Esta vehemencia se abalanza
Hacia un túnel del tiempo
Que no debiera tener término
El arroyo perpetuamente empieza
Por siempre su después es otra vez ahora
¡Ah sí! resiste
No te dejes salvar por mis palabras
No cedas uno solo de tus ansiosos rasgos
A la imagen de ti
En la que te amaré luego
Te juro que estoy mirándote
Fuera de este poema
Donde corro contigo
Abrazado a un impulso y ciego a toda meta
Queriendo que mi vida igual que tú
No sepa nunca dónde acaba el tiempo
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lunes, 7 de noviembre de 2011
un poema de karmelo c. iribarren

Perplejidad
Desde el bar
-al otro lado de la calle-,
observo una boca de metro:
la gente
sube
y baja,
entra y sale,
y todos
parecen tener claro
a dónde van.
Es fascinante.
Desde el bar
-al otro lado de la calle-,
observo una boca de metro:
la gente
sube
y baja,
entra y sale,
y todos
parecen tener claro
a dónde van.
Es fascinante.
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viernes, 4 de noviembre de 2011
un poema de carlos barral

Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.
Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.
Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.
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jueves, 3 de noviembre de 2011
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